+
“... por el poder de Dios a través del Espíritu Santo fue declarado Hijo de Dios al ser resucitado de entre los muertos” (Romanos 1:4)
----
La crucifixión había cubierto con una nube de escepticismo y temor a los discípulos de Jesús. Ellos lo habían visto hacer poderosas obras y escuchado decir cosas nunca antes oídas. Y muchos lo reconocieron como el Profeta que Moisés había anunciado. Así lo había confesado apenas días atrás Pedro, y también la mujer samaritana, y quienes participaron de la multiplicación de los panes, y veladamente Nicodemo. Pero todos esperaban de algún modo que el ministerio de este hombre que había desafiado a las autoridades romanas y a los religiosos judíos culminase con algún hecho portentoso que confirmase todo. Y de pronto Jesús fue arrestado, juzgado apresuradamente y condenado a muerte vil. Y humillado ante su pueblo. Sus burladores al pie de la cruz decían: “A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios”. Y antes de la cruz lo habían escupido, azotado, y vilipendiado en grado sumo. Hasta sus ropas fueron sorteadas y repartidas entre gente brutal. ¿Era esto lo que se esperaba que sucediera a un Mesías poderoso que libraría a su pueblo, congregaría a los dispersos, y establecería un Reino milenario de paz y justicia para siempre? Algo había salido mal, la confirmación esperada no se había producido. Y entonces los discípulos se escondieron y encerraron bajo llave temerosos por sus vidas. ¿Volverían ahora a sus profesiones de antaño luego de haber acompañado a Alguien poderoso en Palabra y obras como nunca lo hubo en ISRAEL? ¿o serían arrestados y muertos y todo habría terminado también para ellos? Y en eso estaban cuando de pronto María Magdalena golpeó la puerta acerrojada y les trajo una noticia extraordinaria que Pedro y Juan corrieron a confirmar: la tumba de Jesús estaba vacía ¡Él había resucitado!. Y había hablado con María Magdalena en el jardín, y luego se había aparecido y hablado con dos discípulos camino a Emaus que también corrieron a dar la noticia a los discípulos. Los acontecimientos y las emociones se agolpaban y los discípulos por una parte estaban conmovidos hasta los tuétanos, y por otra quizas pensaban que esto enfurecería aun más a las autoridades judías y romanas. No sabían como reaccionar y por si acaso la puerta continuaba bajo llave. Y entonces Jesús se manifestó en medio de ellos: “Paz a vosotros”, les dijo. Pero continuaron atemorizados y confundidos pensando que era un fantasma. Y es que habían olvidado un perfil de la profecía que el Resucitado les recordó en ese mismo momento: el Cristo habría de padecer (Isaías 53; Lucas 24:45-46). Y cuando colocaron esa Palabra en medio de los acontecimientos de esa vertiginosa semana todo cobró sentido. ¡Ya no había duda en sus mentes!: Aquel que tenían en frente era el Mesías de ISRAEL en cuerpo glorificado. Y su crucifixión y humillación no fue una amarga frustración sino el cumplimiento cabal de la profecía. Y leímos que “por el poder de Dios a través del Espíritu Santo fue declarado Hijo de Dios al ser resucitado de entre los muertos”. Esto nos dice que Dios/Elohim -Padre, Hijo y Espíritu Santo- fue en ese acontecimiento portentoso revelado para siempre a los hombres. Y entonces la puerta cerrada bajo llave de los atemorizados discípulos –¡cuantas veces nosotros actuamos así!- fue cambiada por una puerta siempre abierta al cielo y la vida eterna que puede ser traspasada libremente por todo aquel que cree. ¡Felices Pascuas!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario